
Syriana y la realidad de la CIA
Así fue con Bob Baer en Washington –terreno poco familiar, “una ciudad de lunáticos,” dijo. Había vuelto a casa, en el oeste, a la pequeña aldea montañosa de Silverton, y cuando lo encontré allí unos meses más tarde, me llevó a un gran tour. Silverton es un reducto minero convertido en atracción turística, pero sigue resonando con las maneras inconformistas de hombres que extraen plata del suelo a la busca de un filón y no gustan de que se entrometan las autoridades. A la localidad se llega por pasos elevados en los que los camiones con remolque caen regularmente a los barrancos en invierno, y tiene sólo una calle pavimentada, Main Street, y una iglesia con cruces cabeza abajo. Varios residentes –me aseguró Baer– tienen licencias para poseer ametralladoras totalmente automáticas. “Es para disparar a los helicópteros negros,” dijo riendo, pero no parecía estar bromeando. La gente del lugar me dice que el lugar tiene una tendencia a recibir “gente que metió la pata en alguna otra vida y que viene aquí para no ser nadie.” Pienso que Bob Baer vino aquí en parte porque la CIA afirmó que había metido la pata. Tal vez lo hizo. Depende con quién se hable en este negocio. Así debe ser cuando se trata de mentirosos profesionales.
Porque tal vez sea la Agencia la que metió la pata –parece ser una costumbre de la CIA, la especie de costumbre que no ve a al Qaeda en el horizonte, que empantana al país en Iraq, que hace que uno se pregunte, como ciudadano que paga sus impuestos, si la agencia en su actual encarnación tiene otra razón de ser que malgastar tu dinero. Es algo que puede generar las quejas de los ciudadanos en Silverton.
Robert Baer dedicó 21 años de su vida a la celebrada Agencia Central de Inteligencia, desde 1976, a los 22 años. Era un creyente. Lo entrenaron para hacer volar las cosas –la tradición de acción clandestina para la cual nació la CIA– y, más importante, para asegurar que no hagan volar a los estadounidenses. Fue entrenado para escuchar, observar, tomar notas. Se lanzó a las ciudades de Oriente Próximo, aprendió el juego del espionaje, aprendió a engañar y a embaucar y a ser otra persona, perfeccionó su árabe, dejó crecer su barba negra, bronceó su piel. Oriente Próximo fue su crisol y finalmente su obsesión. Llegó a ser tan bueno que pasaba por ser nativo, errando por Beirut en los años ochenta durante la guerra civil que causó estragos en el Líbano, con una cinta para el pelo que decía, en la caligrafía del Qu’ran, “Deseamos el Martirio”. “Esos malditos estadounidenses están por doquier,” decía a sus taxistas, a la busca de mártires. “¡Deberíamos hacer volar su embajada!” Ya en 1983, describía la amenaza de redes terroristas islamistas en memorandos que según él pocos de la gente importante en Langley o en el Despacho Oval se molestaban en leer. Su trabajo le hizo ganar la Medalla de la Carrera de Inteligencia de la CIA; Seymour Hersh, el decano de los reporteros de inteligencia en Washington DC y su amigo personal, una vez lo llamó “el mejor agente en el terreno que la CIA tuvo en Oriente Próximo.” La distinción de sus superiores pareció una cruel ironía cuando años más tarde los islamistas sobre los que había advertido atacaron tierra estadounidense.
De modo que Baer había ido a Silverton para alejarse de la estupidez. Sugirió que fuéramos a caminar a las montañas. El día era cálido, el sol estaba en lo alto y los riachuelos llenos de agua de deshielo. Cuando caminé para encontrarme con él en su vieja casucha de minero renovada cerca de Main Street, frente a la iglesia con las cruces cabeza abajo, su esposa Dayna, ex agente de contraterrorismo de la CIA estaba sobre la alfombra con su recién adoptada huérfana paquistaní de 13 meses, Khyber, que era toda sonrisas. “El juez talibán en el tribunal de adopción no confiaba en dos estadounidenses que vagaban por el país a la busca de un huérfano,” dijo Baer. “Pero la embajada de EE.UU. fue peor.” Sujetó la manita de Khyber y besó su pié y me lanzó una sonrisa traviesa. “No estoy seguro de si es hija de un atacante suicida o de un guerrero talibán que matamos,” dijo. Resultó que no era ninguna de las dos cosas. Luego fuimos a pasear.
Bob Baer, según él mismo, fue un tipo de acción por naturaleza. Creció en las tierras altas de Colorado soñando con una vida de esquiador competitivo. Le gustaba deslizarse por lomas escarpadas donde una decisión errónea significaba que se moría envuelto en pinos, caído a un precipicio o perdido en una grieta. Su ambición se atascó con su horrendo rendimiento en la escuela – “puros insuficientes, y unos pocos peores todavía,” recuerda, porque pasaba demasiado tiempo en las laderas. Su madre, heredera de una considerable fortuna del abuelo de Bob, tuvo una reacción razonable. Lo llevó a Europa para una especie de pseudo-educación a la edad de 15 años, la formación de un naciente agente sobre el terreno de la CIA. Bob y su madre atravesaron Europa durante varios años – su padre, “un bueno para nada,” había abandonado a la familia – y en 1968, estuvieron en Paris cuando la ciudad estaba en llamas y los estudiantes se manifestaban. Pronto aprendió francés, luego alemán cuando su madre compró un Land Rover y se dirigió hacia el este, con el improbable objetivo de llegar a Moscú. El Land Rover era un pedazo de chatarra, fue como “ir en un tractor John Deere.” Cuando iban a rastras para salir de Praga, los tanques soviéticos se cruzaron con ellos en la carretera, enviados a aplastar la Primavera de Praga. Llegaron a Moscú, después a Helsinki, y de vuelta a EE.UU., donde Baer fue enviado por su madre a una escuela militar. De alguna manera la disciplina tuvo su efecto, y fue aceptado por la Universidad Georgetown, se graduó con un título en relaciones internacionales y, por broma, pasó el examen para el Foreign Service. Un año después, durmiendo en el sofá de un amigo en Berkeley, sin perspectivas de trabajo, y sin mucha ambición por otra cosa que la vida de un loco por el esquí, solicitó un puesto, de nuevo por broma, en la CIA. Se imaginó una prebenda en los Alpes, donde podría espiar a los gobiernos europeos entre descensos por las pistas.
En su lugar, Baer fue lanzado a las entrañas de Nueva Delhi para extirpar la influencia soviética en India. Ahora era un guerrero de la Guerra Fría. Cuando llegó a la casa suministrada como tapadera, lo saludaron siete sirvientes formados bajo “una inmensa higuera de Bengala y una pérgola de jazmín que cubría todo lo largo de la entrada.” No había nieve, pero no estaba mal para un muchacho de veinticinco años que comenzaba su primer trabajo verdadero.
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A mediados de los años setenta, sin embargo, el velo fue desgarrado. El Congreso, publicó bajo la dirección del senador Frank Church en 1975-76 una devastadora serie de informes sobre la criminalidad de la agencia. La CIA había patrocinado golpes y elecciones amañadas en Grecia, Italia, Birmania, Indonesia, y docenas de nciones más. Había sacado clandestinamente criminales de guerra nazis de Alemania para combatir el comunismo en Europa Oriental; trabajaba conjuntamente con narcotraficantes en Asia, Europa, Oriente Próximo (y siempre parecía dejar tras de sí un próspero nexo con la droga dondequiera intervenía; suministraba a fuerzas de seguridad en todo el mundo equipos de tortura, manuales de tortura, entrenamiento en tortura. En Vietnam su inmensa Estación de Saigón supervisó los secuestros y asesinatos de decenas de miles de presuntos Vietcong, muchos de ellos inocentes, e hizo un buen trabajo incitando a la población campesina contra EE.UU. La inmundicia salía a la luz casi a diario al ser descubierta por el Comité Church. A finales de los años setenta, la CIA había planificado o realizado los asesinatos de dirigentes en más de una docena de países; bromistas en la CIA los llamaban “suicidios administrados involuntariamente,” por cortesía del “Comité de Alteración de la Salud” de la Agencia. El trabajo de desestabilización de gobiernos tenía lugar a menudo al servicio de corporaciones con estrechos vínculos con el Congreso y la Casa Blanca, cuyos intereses empresariales estaban amenazados por algo que oliera a socialismo. La agencia también había estado ocupada en el frente interno, en violación de la ley interior, supervisando programas de control de la mente en los cuales se intoxicó con drogas a estadounidenses involuntarios, se hizo experimentos con ellos, y fueron efectivamente torturados; abriendo el correo de ciudadanos de EE.UU.; vigilando la actividad política de estadounidenses; infiltrando los medios con desinformación; mintiendo habitualmente a funcionarios elegidos. La CIA apareció a esta luz como una amenaza para la república en sí.

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Los historiadores discutirán al respecto, pero después de las audiencias Church una especie de reforma se impuso en la agencia, ciertamente una reducción de la acción clandestina que anunciaba el fin de lo que los nostálgicos podrían llamar la era heroica del intervencionismo alocado – aunque la reforma no duró. Baer maduró como agente en el terreno bajo la nueva administración, encargado de hacer lo que la CIA ahora afirmaba que esperaba de los servicios clandestinos: no perturbar o desestabilizar o asesinar – la directiva presidencial 12333, expedida en 1981, prohibía explícitamente los asesinatos de la CIA – sino escuchar, hablar el idioma, reunir fuentes, quedarse tranquilo, mantener los ojos abiertos, conocer su país anfitrión, los temas críticos, a la gente y a los protagonistas, conocer las calles de la ciudad donde está ubicado, desaparecer en el tejido de la sociedad. Aprender a moverse como la niebla. Cualquier agente te dirá que es mucho más difícil de lo que suena. Agentes de la CIA que trabajaron con Baer me dicen que era excepcional en su tarea dondequiera iba, en Beirut en los años ochenta, en el desastre de Iraq después de la Primera Guerra del Golfo, en Jartum persiguiendo a terroristas, en Tayikistán como jefe de estación, en Sarajevo durante la guerras yugoslavas, en Paris en cócteles.
Profesionalismo era la clave. Se aprendía a evitar la vigilancia y a realizar vigilancia. Se aprendía a intervenir teléfonos y a asegurarse de no ser intervenido. Se aprendía a conocer las armas del enemigo, sus planes de batalla, las últimas tecnologías. Se devoraba libros, un hombre de la CIA dedicado a erudito regional. Se aprendía a utilizar los trucos del oficio, extraños venenos como “¿Quién, yo?”, que hace que la víctima huela literalmente a mierda durante días, un olor que sale de sus poros. Se utilizaban artefactos estándar de James Bond como micropuntos, negativos fotográficos reducido al tamaño de un punto en una página, y se aprendía esteganografía, el arte de ocultar datos dentro de fotografías. Se enseñaba a usar disfraces. Baer gustaba especialmente del Disfraz del Diente de Diamante – un incisivo de diamante falso en tu sonrisa y “lo único que recuerda la gente es ese diamante.” Se aprendían tapaderas para la acción y tapaderas para el estatus, este último, la gran explicación del motivo por el cual uno está en el país. Con más frecuencia la tapadera para el estatus es que uno trabaje en algún puesto para la embajada de EE.UU., un trabajo de todos los días en el papeleo (Baer, como todos los agentes de la CIA, está limitado por un contrato vitalicio con la CIA a no revelar sus tapaderas de estatus durante los años).
La cobertura de la Madre fue una de las invenciones de Baer. “He llevado a mi madre como cobertura a los sitios más complicados,” me dice. “La llevé al Valle Garm en 1992, en Tayikistán, que acababa de ser invadido por extremistas de bin Laden.” El propósito de Baer como jefe de estación en Tayikistán era descubrir cómo y dónde operaban esas facciones. “Teníamos un viejo sedán Niva con placas robadas de diplomático afgano y nos detuvieron doce combatientes, que libraban la guerra civil, sucios y con tajos y que no se habían lavado durante semanas. Mi madre dijo: ‘Hola, ¿cómo os va? Soy su madre. ¿Y de dónde sois? Algunos de ellos hablaban inglés. Finalmente nos dieron té.”
De modo que ahí estaba Baer entre príncipes jordanos, comerciantes ilegales de petróleo en Iraq. Ahí estaba en 1993, robando un kilo de cocaína del avión del rey de Marruecos, Hassan, simplemente para demostrar que uno de nuestros aliados en Oriente Próximo era narcotraficante (“quería restregárselo en la cara a los de Washington.”). En Sarajevo se presentó como traficante de armas, en Iraq fue un asesino, en París, alcahuete. Una vez fue acechado por lobos en la Ruta de la Seda. En Tayikistán, pasó su tiempo libre cultivando la amistad de sus homólogos en el KGB, lanzándose con ellos en paracaídas, borrachos con vodka, o acelerando en sus tanques por una payasada (la central lo amonestó por su iniciativa). En la capital tayika de Dushanbe, estuvo en medio de un levantamiento islámico, refugiado en la habitación de un hotel con un alijo de misiles Stinger, mientras le disparaban a la gente en la plaza de la ciudad y un hombre con un megáfono gritaba: “HAY ESPÍAS ENTRE NOSOTROS.”
Nadie sabía quién estaba tras los atentados, menos que nadie la CIA. La solución del misterio se convirtió en una obsesión para Baer, y comenzó una odisea de cuatro años en la Estación de Beirut para obtener una respuesta. El trabajo en Beirut era peligroso. El lugar era bombardeado y atacado con cohetes a diario, estaba infestado de francotiradores, dividido en feudos controlados por milicianos drusos, Hezbolá, terroristas de Fatah. Baer operaba entre todos ellos. “Bob conoció Beirut mejor que nadie que yo haya encontrado allí,” dijo un ex agente de la CIA, John Maguire, en retiro actualmente, quien espió con él en la estación de Beirut durante varios años en los años noventa. “Trabajaba a los dos lados de la Línea Verde, Beirut este y Beirut oeste, los suburbios al sur, y el valle Biqa. Era reclutador, y trabajaba solo, lo hacía día y noche, sin fanfarria, sin respaldo.” Baer concluyó finalmente, en 1987, que el régimen islamista de Irán, empleando testaferros locales de Fatah, era el protagonista clave detrás del atentado contra la embajada y el secuestro de Buckley. Las revelaciones, dijo Baer, no fueron registradas en la central. “Para entonces era cosa antigua. Simplemente no les importaba. Fue mi primera comprensión de la amnesia histórica de la agencia,” dice ahora.
Un día, cuando pedí a Baer que enumerara sus logros como espía, presentó una lista interminable de trabajo serio. “También arreglé la máquina de café en el 6º piso y follé a la mujer de George Tenet,” dijo bromeando.
En retrospectiva, el contragolpe iraní contra EE.UU. debería haber sido esperado. Es tan fácil de comprender como la ley de la gravedad. En 1953, la CIA ayudó a derrocar al presidente democráticamente elegido de Irán, un socialista llamado Mohammed Mossadegh quien amenazó con nacionalizar los intereses petroleros británicos. La agencia instaló al tiránico Shah, amigo de las corporaciones petroleras, mientras instituía un reino de terror que provocó la Revolución Islámica de 1979 – los mismos islamistas que invadieron la embajada de EE.UU. para tomar 53 rehenes estadounidenses y gatillaron la crisis de los rehenes que afectó la presidencia de Jimmy Carter, los mismos islamistas que atacaron a EE.UU. en Beirut, donde EE.UU. también estaba interviniendo. Durante ese período, la CIA estaba suministrando armas a otro grupo de revolucionarios islamistas en Afganistán que estaban combatiendo contra una invasión soviética. El pasado en Afganistán fue un prólogo: Nuestros aliados islamistas se unieron en al Qaeda para suministrar un ejemplo particularmente horrible de contragolpe: el 11 de septiembre de 2001.
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Cómo Bob Baer llegó a su triste fin en la CIA después de 21 años de servicio, reducido de un día al otro a la condición de paria y obligado a irse, es una cuestión de disputa. En 1995 era jefe de operaciones de la CIA en el norte de Iraq, basado en Salah-Al-Din, en manos kurdas, encargado de organizar la oposición al régimen de Sadam Hussein. Era su primera incursión en la acción clandestina, y sería la última. A comienzos de 1995, sus fuentes dentro del ejército iraquí hablaban de un intento de golpe, del derrocamiento de Sadam y de la instalación de una junta militar amiga de EE.UU. Parecían estar de acuerdo con la misión de Baer. Durante meses había estado dirigiendo fuerzas kurdas, con apoyo de la CIA, para atacar puestos avanzados del ejército de Sadam en el note. Los ataques llevaron a la muerte de miles de soldados iraquíes. (Cuando pregunté a Baer si alguna vez había cometido asesinatos para la agencia, dijo: “No, siento desilusionarlo, pero ordené las muertes de más de 2.000 iraquíes en operaciones paramilitares. ¿Me convierte en asesino o en homicida en masa?”)
Lo que pasó entonces fue más allá de su imaginación. Lo convocaron a la central, fue investigado por el FBI, confiscaron sus pasaportes, y fue acusado – de modo absurdo, le pareció en vista de la historia de errores de la CIA que no fueron castigados – de intento de asesinato por conspirar para asesinar a un dirigente extranjero. Baer afirmó que sólo seguía órdenes. Después de seis meses de investigación fue exonerado de la acusación. Las ironías abundan. Baer había sobresalido en el trabajo de inteligencia, no en intervención, y su único intento en la acción clandestina fracasó y arruinó su carrera. Fue encargado permanentemente de trabajos de escritorio, odiando la burocracia de aire acondicionado en Washington, sabiendo que nunca más sería enviado al terreno en el que medraba. En el momento mismo en el que su carrera en la agencia debiera haber prosperado, la abandonó.
Ahora contemplaba el paisaje de su vida, y no era hermoso. Estaba sin un centavo, incapaz de permitirse los precios de los bienes raíces de la burbuja económica en Washington y, acostumbrado a vivir en lugares infernales y bajo tensión, se sentía como extranjero en su propio país. Su familia estaba arruinada después de años de descuido. Su matrimonio, dijo, carecía de amor, de sexo – se había alejado intencionalmente en sus tareas en el extranjero. Era un paria para sus tres hijos, un padre ausente. “Toda esa mierda de que terminarán por volver,” dice hoy. “Pero eso es lo que es, mierda. Mis hijos me mienten básicamente sobre todo. Sus estudios. Sus vidas.” Pronto se divorció y se volvió a casar con una colega, una agente de la CIA llamada Dayna Williamson, a quien había conocido mientras trabajaba en la guerra en Sarajevo. Dayna fue trabajadora social en Orange County antes de entrar a la agencia, se convirtió en “tiradora” en la Oficina de Seguridad de la CIA, entrenada para matar con una pistola, entrenada en la “adquisición de objetivos” en multitudes utilizando un bolso de rápido alcance con un doble fondo en el que llevaba una Glock. Una vez trabajó protegiendo a la reina de Jordania durante apariciones en público. Separados de la agencia, Bob y Dayna probaron la consultoría en inteligencia en Beirut, un territorio antiguo y familiar. Una de las primeras ofertas que obtuvo Baer fue un asesinato. No era una opción.
En su lugar, estudió latín y griego, se convertiría en erudito. Leyó a Aristóteles, Herodoto, Polibio, Tácito en la lengua original. Pensó en escribir libros, algo sobre su historia con la CIA. La idea tenía sentido. Incluso podría ganar dinero. Baer trabajó durante dos años para terminar “See No Evil” y, cuando el libro llegó a las librerías a comienzos de 2002, después de los ataques del 11-S, fue un éxito de ventas. Su argumento era de sentido común y no contenía nada nuevo: La CIA había olvidado que la inteligencia depende de seres humanos en el terreno, lo que llaman “humint” [inteligencia humana]. Los computadores digiriendo datos, los satélites sacando fotos desde kilómetros de altura – no nos salvarían. El que no se haya confiado en los peligros de la humint, argumentó Baer, ayudó a permitir que sucediera el 11-S. Dedicó su libro a sus hijos: “Espero que ayude en algo,” escribió, “a explicar dónde estuve durante todos esos años.”
A Baer le gustaba la disciplina de la escritura; correspondía a su lado fuerte como espía. Podía realizarla solo, sin supervisión, cultivar fuentes, escuchar a su manera, sin estar limitado por la burocracia. Una serie de ex agentes de la CIA con los que hablé dijeron que la memoria de Baer sonaba a verdad: la CIA no valorizaba a su gente que hacía el trabajo sucio. El ex agente infiltrado de la CIA Ishmael Jones, que el año pasado publicó una memoria bajo pseudónimo: “The Human Factor,” sobre sus años de desilusión en la CIA, me dijo: “El logro de Baer en los libros muestra que es muy talentoso e inteligente. Imagine lo que podría haber hecho por nuestra seguridad nacional en un servicio clandestino que funcione.” Es tal vez la mayor ironía: Baer tuvo que abandonar la agencia para desarrollarse plenamente. Trabajar para la CIA fue “la aventura de un muchachito,” me dijo Baer. “Pero uno no madura. Uno no crece.”

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Cuando Hollywood llegó corriendo después del éxito de “See No Evil” y se inició la producción de Syriana en 2004, Baer tomó un papel como cameo, en el rol de un agente del FBI. Era una sola línea, exigiendo a George Clooney que renuncie a sus “pasaportes” – en plural – y metía la pata continuamente. Numerosos ex agentes de la CIA me cuentan que se han reído de la versión de Syriana de la CIA, entre ellos Bob Baer.
A este respecto, Syriana es una visión notablemente obsoleta que corresponde bastante bien a la agencia de los años cincuenta y sesenta que circulaba por el planeta derrocando gobiernos durante la era dorada de la acción clandestina, en los tiempos en los que la CIA era mortalmente efectiva y no lo que es actualmente. Se podría argumentar que Syriana es en realidad una especie de propaganda engañosa, tan ensordecedoramente simplista como una cinta de James Bond. “La objeción que tengo ante la obra de Baer es que el ángulo de la entretención muestra sin quererlo a la CIA como una organización eficiente,” dice Ishmael Jones, quien pasó 15 años como infiltrado para la agencia. Syriana podrá parecer un retrato negativo de la CIA – como una organización de asesinos que trata de favorecer los intereses de las compañías petroleras estadounidenses – pero también presenta a la CIA como omnisciente, determinada, dura y trabajadora. La CIA, como criatura viva, preferiría ese retrato al de estar dedicada sólo a su propia manutención y crecimiento, evitando el trabajo rigoroso y el deber en el extranjero.” Cuando pregunté a Baer por la evaluación de su colega, me envió rápidamente un correo diciendo: “Tiene razón.”
La verdadera historia que Syriana no menciona es que la CIA de hoy tiene más empleados, más arribistas en la burocracia, más contratistas privados, y un presupuesto más voluminoso que nunca, y que todavía no parece desplegar efectivamente agentes en el terreno para el propósito fundamental de la inteligencia humana. En el largo período después del 11-S, la agencia, atiborrada de dinero, se dedicó a una masiva contratación de personal, y ahora tiene más de 20.000 empleados, el equivalente del tamaño de una división del ejército. La mayoría sirve en el Directorado de Inteligencia, el escuadrón de los frikis; menos de 2.000 trabajan en los servicios clandestinos en el Directorado de Operaciones. Pero incluso los de operaciones se quedan en su mayoría en casa. Según Ishmael Jones, cerca de un noventa por ciento de los empleados de la CIA viven y trabajan en el confort de EE.UU., no acostumbrados a beber agua en las acequias ni a dormir en catres; durante la Guerra Fría, aproximadamente un 45% vivía en EE.UU. La evidencia física se ve por todo Washington DC en la forma de inmensos nuevos edificios para oficinas de la CIA.
“Antes del 11-S la CIA era burocrática y negligente, pero después empeoró considerablemente,” me escribió recientemente Jones en un correo en el que describe cómo funciona la hinchazón. “En lugar de simplemente llamar a alguien y organizar una reunión, como se hace tan a menudo en el trabajo como periodista,” me dijo, “la CIA forma comités para discutir como contactar a alguien y pasará meses haciéndolo. Luego, en lugar de llamar al individuo por teléfono, hará algo terriblemente costoso – crear una convención en Roma en un hotel elegante, preparar eventos y oradores, y luego invitar al individuo a la convención. O comprarán el banco que usa para sus negocios. Los bienes raíces son importantes, de modo que tal vez compren la casa al lado de la del individuo. Esos programas nunca parecen funcionar porque las condiciones nunca parecen ser exactamente lo que debieran ser para reunirse con la persona. Pero la reunión no es el objetivo,” me dijo Jones. “El objetivo es que todos parezcan ocupados y que desaparezca el dinero.”
La agencia es presa del frenesí privatizador que ahora es común en los servicios de inteligencia de EE.UU., donde los agentes están más interesados en las puertas giratorias de Washington que, a pesar de las ilusiones hollywoodenses de Syriana, en asesinar emires al otro lado del globo. El complejo inteligencia-industrial vale hasta 50 mil millones de dólares al año, con la subcontratación en el sector privado de ex agentes de la CIA que ofrecen sus servicios a la agencia a tres veces lo que gana el empleado promedio de la CIA (y con mucho menos efectividad, según fuentes como Jones, incluso que los empleados derrochadores). Es un cambio sin precedentes en la historia de la agencia. “Nunca se vio a un contratista privado dentro de la CIA en mis días y nadie hablaba de conseguir un contrato cuando se iba,” me dice Baer. “La gente se retiraba y desaparecía. Era como Cincinato. Volvían a sus granjas. Mire George Tener. Se retira, gana millones de dólares con su libro, y ahora tiene múltiples contratos de consultoría con la CIA. Cuando escribió su libro, la CIA le dio investigadores y una oficina – una oficina confidencial en Langley – para posibilitar que la CIA le comprobara los hechos.” Ishmael Jones me dice que desde el 11-S unos 3.000 millones de dólares han sido “desperdiciados, perdidos o robados” por ex agentes de la CIA que trabajaban como contratistas haciendo “trabajo de apoyo,” dirigiendo programas de entrenamiento, realizando “investigación,” escribiendo “análisis.” El que compañías privadas desplumen al gobierno de EE.UU. es una tradición estadounidense, con más fuerza en la última década que nunca antes, pero la diferencia, señala Jones, “es que los contratistas de la CIA no están sujetos a supervisión, ni a rendir cuentas.”
La nueva contratación, los mayores presupuestos, el crecimiento en la subcontratación se basa claramente en preocupaciones aparentes por la seguridad nacional. Todo ese esfuerzo se hace para derrotar al sustantivo llamado “terror” y para encontrar a bin Laden, que ocupa el útil punto en el horizonte en el cual otrora el comunismo surgía como amenaza. Bob Baer aprovechó la industria de la amenaza de bin Laden con su primer libro. “Hay dinero, carreras, reputaciones enteras que dependen de la amenaza de bin Laden. Pero la amenaza fue efímera,” dice Baer. “Ese caso lo estropeamos.”
Mientras tanto, existe “Baghdad Station,” donde supuestamente la inversión tiene importancia. John Maguire, quien trabajó con Baer en Beirut, volvió recientemente de Bagdad, que es ahora la mayor operación clandestina de la CIA desde Saigón durante la Guerra de Vietnam. “Hay pocos, si alguno, agentes que sepan moverse por la ciudad, pocas veces se atreven a salir, ciertamente no solos, y la mayoría pueden perderse. ‘Demasiado peligroso,’ dicen. Cuando salen,” me dice Maguire, “es con guardaespaldas personales, conductores, coches blindados, armas automáticos, y un perfil de una película de Mad Max.” Para que luego hablen de moverse como la niebla. En su lugar, es el puño de hierro, los Abu Ghraib y los “sitios ocultos” de la CIA, los gulag súper-secretos, donde la agencia ha resucitado su hábito criminal de torturar sus “fuentes.” La tortura, como os dirá Bob Baer, nunca ha producido material útil de inteligencia y nunca lo hará. La tortura, sin embargo, produce una cantidad de gentes encolerizadas que terminan por odiar a EE.UU. cuando podrían haber sido aliados. En otras palabras, un buen sistema para más contragolpes.
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